El sonido del pestillo al caer fue el disparo de salida para su infierno personal. Adriano Rinaldi permaneció inmóvil en el rellano, mirando la puerta de roble macizo que ahora lo separaba de todo lo que amaba. El aroma a leche y talco de bebé que aún impregnaba su camisa le provocaba una punzada de dolor físico. Extendió la mano y rozó la madera con la yema de los dedos, como si pudiera absorber a través de ella el calor de la vida que continuaba al otro lado, una vida de la que ya no formaba