SOFÍA
La noche se deshilacha lentamente, como un tejido empapado de calor.
No sé si es el mar o nuestras respiraciones las que hacen temblar los cristales. El mundo afuera podría desmoronarse, no lo oiría. No existe nada más que esta piel contra la mía, este peso familiar que me retiene a la vida.
Elio sigue ahí, acostado junto a mí. Su aliento golpea mi clavícula como una marea vacilante. Siento su piel, tibia y salada, pegarse a la mía. Cada latido de su corazón resuena en mi pecho, como si