SOFÍA
Sigo al borde de la cama, con el corazón latiendo demasiado rápido, mis lágrimas se niegan a ceder al abismo. Elio acaba de retroceder, su cuerpo tenso como un arco. El silencio de la habitación está saturado de electricidad. Si me callo, todo se derrumbará, pero algo dentro de mí se niega.
Ya no puedo ser solo una sombra.
Entonces suelto las palabras más peligrosas que atraviesan mi mente.
— Si no me dejas trabajar, Elio…
Él me mira, sus pupilas oscuras, heladas, esperando lo que vendrá