Sofía
Cuando abro los ojos, la luz ya está ahí.
No es intensa. No es brutal. Una claridad suave, empolvada, casi irreal, que roza las sábanas como una mano vacilante. La habitación parece congelada en una especie de paz frágil, como si la noche, al retirarse, hubiera dejado atrás una tregua silenciosa, tal vez provisional. Pero real.
Y yo, estoy aquí. Desnuda, acostada sobre las sábanas arrugadas, los músculos adoloridos, el corazón aún latiendo por demasiadas cosas.
Él ya no está en la cama. P