Sofía
El coche devora la carretera como un animal insaciable. Los faros rompen la noche húmeda, depositan bandas de luz sobre el asfalto mojado y luego las arrancan de inmediato a la oscuridad. Siento el motor vibrar bajo mí, una jaula que retiene la ira y el cansancio. Mi mano no suelta la de Elio, no porque lo necesite, sino porque quiero permanecer anclada en algo real, inevitablemente humano, mientras todo a mi alrededor se desmorona.
Mi cuerpo me recuerda el dolor: las cuerdas, las quemadu