Sofía
El coche devora la carretera como un animal insaciable. Los faros rompen la noche húmeda, depositan bandas de luz sobre el asfalto mojado y luego las arrancan de inmediato a la oscuridad. Siento el motor vibrar bajo mí, una jaula que retiene la ira y el cansancio. Mi mano no suelta la de Elio, no porque lo necesite, sino porque quiero permanecer anclada en algo real, inevitablemente humano, mientras todo a mi alrededor se desmorona.
Mi cuerpo me recuerda el dolor: las cuerdas, las quemaduras, el sabor del metal en mi boca. Pero hay algo más, más profundo y más peligroso: una certeza fría que se instala, como un hilo que se ha estirado y que, de repente, desenrolla un ovillo entero. Me han robado horas, días, tal vez años. Creyeron poder deshilachar lo que era. Encontraron, en su lugar, una rabia nítida, precisa, que no espera permiso para golpear.
Miro a Elio. En la luz del tablero, sus rasgos son duros, tallados en la noche. No habla, pero su silencio tiene el peso de una decis