La mañana siguiente amaneció con un aire de expectativa. Sergei había cumplido su palabra: desde su habitación, con un teléfono seguro, se comunicó en ruso con sus primos en Ucrania. Su voz grave y solemne no dejó espacio a dudas.
En menos de doce horas, un avión privado partió hacia Kiev con tripulación de confianza. La aeronave regresó al anochecer, aterrizando discretamente en un aeródromo cercano a la fortaleza. De su interior descendieron seis hombres enormes, de hombros anchos, todos vest