La fortaleza respiraba con la pesada cadencia del anochecer. Afuera, la tormenta había vuelto al llanto fino; adentro, las luces parpadeaban y las pantallas del centro de mando proyectaban mapas y rutas en movimiento. Pero en la habitación de hospital, la quietud era otra cosa: Serena dormía, pálida y serena, su mano en la de Dante como un ancla. Él no había cerrado los ojos en toda la noche.
Mikhail recorría los pasillos de la instalación con paso contenido, organizando refuerzos y cerrando pu