La luz en la sala de control era fría y mecánica; las pantallas proyectaban un mosaico de rostros, vehículos, entradas y salidas. Serguei movía su mano sobre la consola con la seguridad de quien conoce cada cable del sistema; sus dedos eran la llave de la fortaleza. Iván y Mikko esperaban tras él, como dos sombras pacientes. Había pasado poco más de un día desde que alguien había dejado la marca con sangre en la puerta principal. La advertencia de Lorenzi aún resonaba en sus oídos, pero ahora n