El silencio en la caravana era pesado, cargado con el peso de la audacia de Serena. Dante, inmovilizado en la cama, la miró, su mandíbula apretada por la frustración de la impotencia. La luz tenue de la cabina resaltaba el sudor frío en su frente. Su cuerpo, envuelto en vendas, era una prisión de dolor que lo obligaba a ser un espectador en su propia guerra.
—No irás —dijo él, su voz, aunque un susurro, era una orden, el último vestigio de la autoridad del Zhar.
Serena se rio, una risa fría y a