La tarde se teñía de un naranja intenso cuando un rugido metálico sacudió la pista privada al norte de Venecia. Un avión descendía con una majestuosidad calculada, imponiendo respeto antes incluso de tocar tierra.
No era un avión común: su fuselaje estaba pintado de un rojo profundo, brillante como sangre recién derramada. En el costado izquierdo destacaba el emblema de la organización: una rosa blanca atravesada por un escudo de hierro. Era un símbolo que pocas veces se dejaba ver, reservado solo para momentos históricos.
Los motores se apagaron y la escalerilla se desplegó. La primera en aparecer fue una mujer elegante, de cabello rojo oscuro recogido en un moño: Ekaterina Morozova, la hermana de Mikhail. Bajó tomada de la mano de su esposo, Dimitri Morozov, un hombre de porte sobrio, que parecía evaluar cada detalle con la mirada. Tras ellos, corriendo y riendo como si la solemnidad no existiera, bajaron dos niños de cabello rojizo brillante: los mellizos Nikolai e Irina, que con s