La tarde se teñía de un naranja intenso cuando un rugido metálico sacudió la pista privada al norte de Venecia. Un avión descendía con una majestuosidad calculada, imponiendo respeto antes incluso de tocar tierra.
No era un avión común: su fuselaje estaba pintado de un rojo profundo, brillante como sangre recién derramada. En el costado izquierdo destacaba el emblema de la organización: una rosa blanca atravesada por un escudo de hierro. Era un símbolo que pocas veces se dejaba ver, reservado s