El aire en el viejo almacén era gélido, pesado con el olor a óxido, a polvo y a la sangre fresca que manchaba el suelo de concreto. La única fuente de luz era una bombilla desnuda que colgaba del techo, proyectando sombras alargadas y grotescas que bailaban con cada movimiento. En el centro de ese infierno personal, Iván y Mikko estaban atados a sendas sillas de metal, sus cuerpos magullados y sangrientos, pero sus ojos ardían con una luz indomable.
Frente a ellos, Salvatore, con un traje de di