El rugido de la explosión aún resonaba en los muros cuando los primeros disparos estremecieron el aire. El eco metálico rebotaba por los pasillos de piedra, mezclándose con el sonido del viento y la lluvia que se colaba por las grietas del techo. La fortaleza, hasta hace unas horas envuelta en una aparente calma, se había convertido en un campo de guerra.
Mikhail Volkhov descendía las escaleras con paso firme, seguido de Dante, Mikko y un grupo de soldados armados. El humo se alzaba como un man