La mañana siguiente fue distinta.
No había alarmas, ni disparos, ni olor a pólvora. Solo el sonido del viento recorriendo los patios de la Fortaleza y el mar golpeando la costa con una calma casi desconcertante.
Dante caminaba por los pasillos de mármol, con el abrigo negro abierto y las manos en los bolsillos. Su mirada no se detenía en nada; observaba, pero no veía.
A cada paso, los recuerdos de la noche anterior lo perseguían: el disparo, la sangre, el rostro de Corrado desvaneciéndose.
Habí