El amanecer llegó teñido de rojo. En la Fortaleza, el cielo parecía reflejar la sangre que aún no se había derramado. El silencio era casi religioso; incluso los guardias hablaban en susurros.
Dante no había dormido. Llevaba horas frente al ventanal del despacho, observando la neblina que cubría los terrenos, con un cigarrillo consumiéndose entre sus dedos.
La puerta se abrió con un leve chasquido.
—Los equipos están listos —anunció Mikhail—. Sergey, Iván y Amara ya revisaron los canales. No ha