El convoy no redujo la velocidad en ningún momento.
La noche se partía en dos frente a los faros, y el motor rugía como si también entendiera que detenerse no era una opción. Dentro del blindado, el aire estaba cargado de una tensión distinta a la del combate: no era adrenalina, era miedo contenido.
Dante sostenía a Serena contra su pecho.
La sentía temblar.
No de frío. No de pánico.
De algo más profundo.
—Respira conmigo —le dijo en voz baja, casi un ruego—. Mírame. Serena, mírame.
Ella obedec