La iglesia estaba en completo silencio, apenas interrumpido por el repiqueteo de los incensarios que colgaban en el aire y el suave crujir de la madera antigua bajo los pasos solemnes del sacerdote. Todos los ojos estaban puestos en la pareja frente al altar: Dante, de pie, con el rostro descubierto y la mirada serena; y Serena, cubierta por un velo rojo profundo que ocultaba sus facciones, como si su identidad misma fuese un secreto guardado hasta el último segundo.
El sacerdote extendió los b