La iglesia permanecía en un silencio sepulcral después de que los dos hombres de La Roja se sentaran junto a Corrado, Salvatore e Isabella. El eco de las palabras del sacerdote —“Si alguien tiene algo que objetar, que hable ahora o calle para siempre”— todavía flotaba en el aire, pero todos comprendían que nadie se atrevería a interrumpir.
Serena, cubierta por el delicado velo que ocultaba su rostro, se mantenía firme al lado de Dante, quien mostraba su rostro sin temor, irradiando un poder q