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8. La mujer que no debía estar allí

Camila salió del café sintiéndose más frustrada que cuando había llegado.

Había esperado respuestas.

No todas.

No pretendía que Alejandro le revelara cada secreto de su vida de un momento a otro.

Pero al menos había esperado una explicación real.

Algo concreto.

Algo que justificara la locura que se había desatado durante las últimas veinticuatro horas.

En lugar de eso, había recibido más evasivas.

Más silencios.

Más misterios.

Y empezaba a cansarse.

Mientras caminaba por la acera, ajustó el bolso sobre su hombro y levantó el rostro hacia el cielo.

El día estaba despejado.

Las calles estaban llenas de personas que seguían con sus vidas normales.

Personas que seguramente tenían problemas.

Pero no matrimonios impuestos.

Ni secretos familiares.

Ni multimillonarios empeñados en cambiarles el destino.

Por un instante sintió envidia.

Una envidia absurda.

Porque hasta hacía dos días ella también había tenido una vida sencilla.

No perfecta.

Pero sencilla.

Se preocupaba por pagar el alquiler.

Por terminar encargos a tiempo.

Por conseguir suficientes clientes para seguir dedicándose al arte.

Problemas normales.

Problemas que ahora parecían pertenecer a otra persona.

Su teléfono vibró.

Camila ni siquiera necesitó mirar la pantalla para saber quién era.

Alejandro.

Lo ignoró.

El teléfono volvió a sonar segundos después.

Y otra vez.

Y otra.

Finalmente apagó el sonido.

No estaba preparada para seguir aquella conversación.

No todavía.

Necesitaba pensar.

Necesitaba respirar.

Necesitaba pasar unas horas sin que nadie intentara decidir cosas importantes por ella.

Con ese objetivo en mente, tomó un taxi y se dirigió hacia la pequeña galería donde exponía algunas de sus obras.

Siempre que se sentía perdida, aquel lugar conseguía devolverle cierta calma.

---

La galería ocupaba la planta baja de un edificio antiguo restaurado.

No era especialmente grande.

Ni famosa.

Pero era uno de los pocos lugares donde Camila se sentía completamente cómoda.

Allí nadie la veía como una huérfana.

Ni como la protegida de Alejandro Montenegro

Ni mucho menos como la futura esposa de Leonardo.

Allí simplemente era una artista.

Y eso le bastaba.

—¡Llegaste!

La voz de Sofía resonó apenas cruzó la puerta.

Camila sonrió automáticamente.

Sofía era la dueña de la galería.

Tenía treinta y pocos años, una energía inagotable y una costumbre casi enfermiza de enterarse de todo antes que nadie.

—Hola.

—¿Qué ocurrió?

Camila parpadeó.

—¿Qué?

—Tienes cara de haber sobrevivido a una guerra.

La joven soltó una pequeña carcajada.

—Algo parecido.

Sofía cruzó los brazos.

—Cuéntamelo.

—No.

—¿Por qué?

—Porque todavía estoy intentando entenderlo yo misma.

Aquella respuesta solo despertó más curiosidad.

Camila lo supo por la forma en que los ojos de Sofía comenzaron a brillar.

—Eso significa que es algo importante.

—Sofía...

—Muy importante.

—Sofía.

—Escandalosamente importante.

—Sofía.

—Está bien, está bien.

La mujer levantó ambas manos en señal de rendición.

—No insistiré.

Camila conocía esa mirada.

Y sabía perfectamente que estaba mintiendo.

---

Una hora después, mientras revisaba algunas de sus obras, comenzó a sentirse mejor.

Pintar siempre ayudaba.

Incluso cuando no tenía un pincel en la mano.

Simplemente observar los cuadros.

Pensar en nuevos proyectos.

Imaginar futuras exposiciones.

Todo aquello conseguía ordenar su mente.

Por eso no escuchó la campanilla de la puerta.

Ni notó que alguien había entrado.

No hasta que Sofía apareció a su lado.

Y tenía una expresión extraña.

—Camila.

—¿Sí?

—Hay una persona preguntando por ti.

—¿Un cliente?

—No exactamente.

La forma en que lo dijo hizo que Camila levantara la vista.

Y entonces la vio.

Andrea Salazar.

Elegante.

Impecable.

Perfectamente maquillada.

Como si acabara de salir de una sesión de fotos.

Por un segundo, Camila pensó que estaba imaginando cosas.

Porque Andrea era la última persona que esperaba encontrar allí.

—Hola, Camila.

Su voz sonó amable.

Demasiado amable.

Y eso hizo que todas las alarmas se encendieran.

—Andrea.

La sonrisa de la mujer se amplió.

—¿Podemos hablar?

Camila sintió una sensación incómoda en el estómago.

Porque no hacía falta ser un genio para comprender que aquella visita no tenía nada que ver con arte.

Ni con cordialidad.

Ni con buenas intenciones.

Aun así, asintió.

—Supongo.

Andrea observó alrededor.

—¿Hay algún lugar más privado?

Camila intercambió una mirada con Sofía.

Su amiga parecía tan desconfiada como ella.

Pero finalmente señaló una pequeña oficina al fondo de la galería.

—Allí.

Las dos caminaron en silencio.

Y cuando la puerta se cerró detrás de ellas, la sonrisa de Andrea desapareció.

Como si nunca hubiera existido.

Camila tardó menos de dos segundos en comprender que aquella era la verdadera Andrea.

No la mujer encantadora que aparecía en revistas.

No la empresaria sofisticada que sonreía en eventos.

Sino la mujer que estaba furiosa.

Muy furiosa.

—Voy a ser directa.

Camila apoyó el bolso sobre una silla.

—Perfecto.

—Aléjate de Leonardo.

La joven la observó durante varios segundos.

Y después, para sorpresa de ambas, soltó una pequeña risa.

No porque la situación fuera divertida.

Sino porque era absurda.

Completamente absurda.

—¿Perdón?

Andrea apretó la mandíbula.

—Me escuchaste.

—No, te escuché. Solo estoy intentando entender cómo llegaste a la conclusión de que esto tiene algo que ver conmigo.

—No te hagas la inocente.

Camila cerró los ojos durante un instante.

Aquella frase comenzaba a cansarla.

Primero Leonardo.

Ahora Andrea.

Parecía que todos estaban convencidos de que ella era una especie de genio manipulador.

Lo cual resultaba bastante impresionante para alguien que apenas lograba organizar su propia vida.

—No tuve nada que ver con la decisión de Alejandro.

—Claro.

Andrea soltó una risa cargada de desprecio.

—Y yo soy una monja.

La paciencia de Camila comenzó a agotarse.

Lentamente.

Pero se agotaba.

—Puedes creer lo que quieras.

—Lo haré.

Las dos se quedaron mirando durante varios segundos.

Y por primera vez, Camila tuvo la sensación de que aquella mujer no estaba enfadada únicamente por el matrimonio.

Había algo más.

Algo parecido al miedo.

Un miedo que Andrea estaba intentando ocultar detrás de amenazas y arrogancia.

Y eso la hizo preguntarse algo.

Si Andrea estaba tan segura de Leonardo...

¿Por qué parecía tan asustada de perderlo?

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