Mundo ficciónIniciar sesiónCamila apenas durmió aquella noche.
Las palabras de Alejandro seguían dando vueltas en su cabeza como una canción imposible de apagar. "Tiene que ver contigo." "Tomé esas decisiones hace muchos años." "Todavía no puedo decirte la verdad." Cada frase parecía abrir una nueva pregunta. Y lo peor era que ninguna tenía respuesta. Acostada sobre la cama, observó el techo de su habitación mientras las primeras luces del amanecer comenzaban a entrar por la ventana. Había pasado gran parte de su vida aceptando que existían vacíos en su historia. Vacíos que nunca había logrado llenar. No recordaba a su padre. Apenas conservaba algunos recuerdos borrosos de su madre. Y durante años se había convencido de que aquello estaba bien. Que algunas personas simplemente crecían sin conocer toda la verdad. Sin embargo, últimamente todo estaba cambiando. Ahora sabía que había secretos. Secretos que varias personas conocían. Secretos relacionados con ella. Y cada vez le resultaba más difícil aceptar que siguieran ocultándoselos. Cuando finalmente se levantó de la cama, se sentía agotada. Preparó café. Abrió las ventanas. Intentó trabajar en uno de sus cuadros. Pero nada funcionó. Su mente estaba demasiado ocupada. Demasiado inquieta. Demasiado cansada. Por primera vez en mucho tiempo sintió ganas de huir. No de la ciudad. No necesariamente. Pero sí de todo aquello. De Alejandro. De los Montenegro. De Leonardo. Del matrimonio. De las expectativas. De los secretos. De todo. La idea apareció de forma inesperada. Y cuanto más pensaba en ella, más sentido tenía. Quizás lo mejor era alejarse. Simplemente desaparecer de aquella situación. Tomar algunos trabajos en otra ciudad. Cambiar de número. Mudarse. Volver a empezar. No sería la primera vez que tendría que reconstruir su vida. Podía hacerlo. Siempre había podido. Una parte de ella incluso comenzó a imaginarlo. Una pequeña casa. Un taller propio. Nuevos clientes. Nuevos amigos. Una vida sencilla donde nadie intentara decidir su futuro. Por primera vez en días sintió algo parecido a paz. Esa misma tarde decidió visitar la galería. Necesitaba distraerse. Y también hablar con alguien que no perteneciera a aquel mundo lleno de empresarios, contratos y secretos familiares. Como era de esperar, Sofía la recibió con una mirada inquisitiva. —Tienes esa cara otra vez. Camila dejó el bolso sobre una silla. —¿Qué cara? —La de "estoy planeando algo". —No estoy planeando nada. —Mentira. Camila sonrió. Porque Sofía probablemente era la única persona capaz de leerla tan fácilmente. —Tal vez estoy pensando. —Eso es peor. La artista soltó una pequeña carcajada. Y por primera vez en varios días se sintió ligeramente más ligera. Sofía se sentó frente a ella. —Ahora sí. Cuéntame. Camila permaneció en silencio unos segundos. Pensando cuidadosamente las palabras. —¿Alguna vez has sentido ganas de empezar desde cero? Su amiga arqueó una ceja. —Eso sonó dramático. —Hablo en serio. —Yo también. Las dos se observaron durante unos segundos. —¿Qué está pasando? Camila bajó la mirada. —Estoy cansada. La respuesta fue tan sincera que incluso ella misma se sorprendió. —Cansada de qué. —De todo. De que otros decidan por mí. De no saber cosas sobre mi propia vida. De sentir que siempre voy detrás de la verdad mientras todos los demás parecen conocerla. Sofía escuchó sin interrumpir. —Y ahora quieren que me case con alguien que ni siquiera está feliz con la idea. La mujer apoyó una mano sobre la mesa. —¿Y tú qué quieres? Aquella pregunta la dejó inmóvil. Porque era una pregunta simple. Muy simple. Y aun así no tenía una respuesta clara. ¿Qué quería? ¿Seguir luchando? ¿Alejarse? ¿Descubrir la verdad? ¿Olvidarlo todo? Después de unos segundos negó lentamente. —No lo sé. —Entonces no tomes ninguna decisión todavía. Camila levantó la vista. —¿Qué? —Las decisiones importantes tomadas desde el agotamiento suelen ser malas decisiones. Aquellas palabras quedaron resonando en su mente. Porque tenían sentido. Mucho sentido. Y aun así... Seguía sintiendo la necesidad de escapar. Esa misma noche, mientras regresaba a casa, su teléfono vibró. Camila observó la pantalla. Leonardo. Por alguna razón aquello la sorprendió. Él rara vez la llamaba. De hecho, antes de toda aquella locura prácticamente nunca lo hacía. Dudó unos segundos. Finalmente respondió. —¿Sí? Al otro lado hubo un breve silencio. —Necesito hablar contigo. La frase hizo que ella cerrara los ojos. Últimamente todo el mundo parecía necesitar hablar con ella. —¿Sobre qué? —Mi padre. Por supuesto. ¿Sobre qué más iba a ser? —¿Qué pasó ahora? —Nada. La respuesta sonó extraña. Demasiado extraña. —Leonardo. —Solo necesito verte. Aquello consiguió llamar su atención. Porque había algo diferente en su voz. Algo que no lograba identificar. Cansancio. Preocupación. O quizás ambas cosas. —¿Por qué? Esta vez el silencio fue más largo. —Porque creo que encontré algo. El corazón de Camila se aceleró. —¿Qué encontraste? —No por teléfono. —Leonardo. —Mañana. La frustración apareció inmediatamente. —¿Por qué todo el mundo hace eso? Él pareció confundido. —¿Hacer qué? —Decir cosas misteriosas y después negarse a explicarlas. Por primera vez escuchó una pequeña risa al otro lado de la línea. Breve. Inesperada. Y tan rara que tardó unos segundos en reconocerla. Leonardo estaba riéndose. —Mañana te lo explicaré. —Eso no me tranquiliza. —Lo sé. —Entonces habla. —Mañana, Camila. Y colgó. Ella permaneció inmóvil en mitad de la acera observando la pantalla. Molesta. Curiosa. Y completamente confundida. Porque si había algo que estaba aprendiendo de los Montenegro... Era que cada respuesta siempre parecía traer diez preguntas nuevas. Y tenía la sensación de que la conversación del día siguiente iba a cambiar muchas cosas.






