Mundo ficciónIniciar sesiónCamila observó la carpeta durante varios segundos.
No era especialmente gruesa. Ni parecía contener algo extraordinario. Y, sin embargo, la tensión que había en el despacho hacía que pareciera mucho más importante de lo que realmente era. Alejandro permanecía sentado detrás de su escritorio con una expresión imposible de interpretar. Victoria seguía junto a una de las ventanas. Y Leonardo estaba sentado a su lado, tan serio como siempre. Por un momento, nadie habló. Ni siquiera el sonido del reloj que colgaba de la pared parecía atreverse a interrumpir aquel silencio. Finalmente, Alejandro abrió la carpeta. —Antes de que digan cualquier cosa, quiero que escuchen hasta el final. Leonardo soltó un suspiro cansado. —Si esto tiene que ver con Andrea... —Tiene que ver con muchas cosas. —Padre. —Escucha. La firmeza en su voz fue suficiente para detener cualquier protesta. Camila permaneció inmóvil. Una parte de ella seguía queriendo marcharse. Alejarse de aquella familia y de todos sus secretos. Pero otra parte necesitaba respuestas. Y aquella segunda parte era mucho más fuerte. Alejandro sacó varios documentos y los colocó sobre el escritorio. Después los deslizó hacia ellos. —Lean. Leonardo tomó los papeles primero. Camila se inclinó ligeramente para observar. Durante los primeros segundos no entendió qué estaba viendo. Parecían informes financieros. Movimientos bancarios. Contratos. Nombres de empresas. Nada especialmente extraño. Hasta que comenzó a prestar atención a los detalles. Y entonces algo cambió. —¿Qué es esto? La voz de Leonardo sonó mucho más tensa. Alejandro apoyó los codos sobre el escritorio. —Información que reuní durante los últimos meses. Leonardo continuó leyendo. Con cada página su expresión se volvía más oscura. Más seria. Más preocupada. Camila nunca lo había visto así. Finalmente tomó uno de los documentos. Y comenzó a leer por su cuenta. Poco a poco. Con cuidado. Intentando entender. Lo que encontró la dejó confundida. No porque los documentos demostraran algo ilegal. Sino porque parecían contar una historia muy específica. Una historia que giraba alrededor de Andrea. Viajes. Reuniones. Contratos. Contactos. Empresas. Todo aparecía conectado de alguna forma. —No entiendo. Alejandro se levantó lentamente de su silla. —Andrea se acercó a Leonardo hace cuatro años. —Lo sé. —Tres meses antes de eso intentó acercarse a otro empresario. Leonardo levantó la cabeza. —¿Qué? —Y antes de él, a otro. El despacho quedó en silencio. Camila observó a Leonardo. Por primera vez desde que lo conocía parecía genuinamente desconcertado. —Eso no significa nada. La respuesta sonó menos segura de lo habitual. Mucho menos segura. —Tal vez no. Alejandro caminó lentamente alrededor del escritorio. —Por separado no significa nada. Pero cuando observas el patrón completo... La frase quedó inconclusa. No era necesario terminarla. Porque todos entendían lo que estaba insinuando. Victoria sonrió ligeramente. Como alguien que llevaba mucho tiempo esperando aquel momento. —Te lo advertí hace años. Leonardo ni siquiera la miró. Seguía concentrado en los documentos. Como si estuviera intentando encontrar un error. Una explicación. Algo que justificara todo aquello. —Esto podría estar manipulado. La voz de Alejandro permaneció tranquila. —Por supuesto. —¿Entonces? —Por eso contraté tres equipos distintos para verificar la información. Aquella respuesta cayó sobre la habitación como una piedra. Pesada. Difícil de ignorar. Camila observó nuevamente los documentos. No sabía qué pensar. No conocía a Andrea lo suficiente para juzgarla. Pero tampoco conocía a Alejandro como alguien que actuara sin pruebas. Y eso complicaba las cosas. Mucho. —No estoy diciendo que Andrea sea una criminal. La voz de Alejandro volvió a llenar el despacho. —Ni una estafadora, ni una delincuente, lo que digo es que se acerca a las personas por lo que pueden ofrecerle.No por quienes son. Leonardo cerró la carpeta. Con más fuerza de la necesaria. —No puedes decidir con quién estoy solo porque no te agrada. —No estoy decidiendo por eso. —Entonces ¿por qué? La pregunta quedó suspendida en el aire. Y durante unos segundos Alejandro guardó silencio. Un silencio demasiado largo. Demasiado significativo. Camila lo notó inmediatamente. Y supo que Leonardo también. Porque ambos pensaron lo mismo. Había otra razón. Una razón que todavía no estaba diciendo. —¿Por qué? —repitió Leonardo. Alejandro desvió la mirada hacia la ventana. Por primera vez parecía incómodo. Realmente incómodo. —Porque hay cosas que aún no sabes. Aquello hizo que Camila apretara los labios. Otra vez. Siempre la misma respuesta. Siempre los mismos secretos. —¿Tiene que ver conmigo? La pregunta escapó de sus labios antes de poder detenerla. Alejandro volvió la vista hacia ella. Y durante una fracción de segundo ocurrió algo extraño. Algo tan rápido que casi pareció una ilusión. Dolor. Camila vio dolor en sus ojos. Profundo. Antiguo. Y aquello la dejó sin aliento. —Sí. La respuesta fue apenas un susurro. Pero resonó en toda la habitación. Leonardo giró inmediatamente hacia ella. —¿Qué significa eso? Alejandro tardó varios segundos en responder. —Significa que algunas decisiones las tomé hace muchos años. Mucho antes de que cualquiera de ustedes imaginara este momento. Camila sintió que el corazón comenzaba a latir con más fuerza. Porque aquello ya no sonaba a Andrea. Ni a la empresa. Ni a contratos. Sonaba a otra cosa. A algo más personal. Más profundo. Más peligroso. —¿Qué decisiones? Alejandro cerró la carpeta lentamente. Y por primera vez desde que comenzó la conversación pareció cansado. Terriblemente cansado. —No puedo responder eso todavía. —¿Por qué? La frustración en la voz de Camila fue imposible de ocultar. —Porque no estoy preparado. Aquella respuesta hizo que ella se pusiera de pie. —No. Alejandro levantó la mirada. —Camila... —No puedes seguir haciendo esto. El despacho quedó en silencio. —No puedes seguir diciéndome que mi vida está relacionada con secretos que todos conocen menos yo. No puedes seguir tomando decisiones por mí y después negarte a explicarlas. La joven sintió cómo las emociones acumuladas durante años comenzaban a salir. Porque ya no estaba enfadada únicamente por el matrimonio. Estaba enfadada por todo. Por las preguntas sin respuesta. Por los silencios. Por los misterios. Por aquella sensación constante de que todos sabían algo que ella ignoraba. —Merezco la verdad. Alejandro cerró los ojos durante un instante. Y cuando volvió a abrirlos parecía mucho más viejo. Mucho más vulnerable. —Lo sé. —Entonces dime la verdad. El hombre sostuvo su mirada. Y por un segundo Camila creyó que finalmente iba a hacerlo. Que iba a contarle todo. Que los secretos terminarían. Pero entonces negó lentamente con la cabeza. Y aquella pequeña acción le rompió el corazón. —Todavía no. El silencio que siguió fue devastador. Porque Camila comprendió algo. No importaba cuánto preguntara. No importaba cuánto insistiera. Alejandro seguiría guardando sus secretos. Al menos por ahora. Y eso significaba que si quería respuestas... Tal vez tendría que encontrarlas ella misma.






