13. La respuesta

Aquella noche, después de que Leonardo se marchara, Camila fue incapaz de concentrarse en cualquier otra cosa.

Intentó pintar.

Lo intentó de verdad.

Preparó los pinceles, organizó los colores y se colocó frente a un lienzo nuevo con la intención de trabajar durante algunas horas.

Sin embargo, cada vez que levantaba el pincel terminaba pensando en la misma conversación.

En Alejandro.

En la cláusula.

En el matrimonio

Y, sobre todo, en Leonardo.

No en el Leonardo frío y distante que había conocido durante años.

Sino en el hombre que había visto aquella tarde. El hombre que parecía agotado.

El hombre que, por primera vez, había admitido que estaba tan atrapado como ella.

Aquello no cambiaba nada.

Seguía molesta con él.

Seguía doliéndole la forma en que la había juzgado.

Pero era más difícil odiarlo ahora que había visto una grieta en aquella armadura perfecta que siempre mostraba al mundo.

Cuando finalmente logró quedarse dormida, ya era de madrugada.

Y por supuesto, el despertador sonó demasiado pronto.

---

A la mañana siguiente, Alejandro Montenegro estaba sentado en su despacho revisando unos documentos cuando alguien llamó a la puerta.

Ni siquiera necesitó levantar la vista para saber quién era.

—Adelante.

La puerta se abrió.

Y segundos después, Leonardo entró.

Solo.

Alejandro arqueó una ceja.

—Esperaba verlos a los dos.

—Camila no viene.

—¿No?

—No.

El empresario dejó los documentos a un lado.

—¿Y eso significa qué exactamente?

Leonardo tomó asiento frente al escritorio.

—Que vine a hablar por los dos.

—Eso es interesante.

—No realmente.

El silencio se instaló entre ambos.

Uno de esos silencios tensos que parecían haberse vuelto habituales desde el anuncio del matrimonio.

Finalmente Leonardo tomó aire.

—Nuestra respuesta es no.

Alejandro no mostró sorpresa.

Ni decepción.

Ni enojo.

Nada.

Simplemente lo observó.

Como si hubiera esperado escuchar exactamente eso.

Y aquella tranquilidad comenzó a irritar a Leonardo.

—¿Eso es todo?

—¿Qué más debería decir?

—No lo sé.

Tal vez enfadarte.

Discutir.

Intentar convencerme.

Alejandro se reclinó ligeramente en su silla.

—¿Cambiaría algo?

Leonardo no respondió.

Porque ambos conocían la respuesta.

No.

No cambiaría nada.

—Entonces no tiene sentido.

Aquella calma resultaba desesperante.

—¿Por qué haces esto?

Alejandro suspiró lentamente.

—Porque intento evitar que cometas un error.

—¿Casarme con Andrea sería un error?

—Sí.

—No la conoces.

La carcajada de Alejandro fue tan breve que casi pasó desapercibida.

—La conozco más de lo que imaginas.

Leonardo apretó la mandíbula.

—Siempre has tenido algo contra ella.

—No.

—Entonces...

—Tengo algo contra las personas que se acercan a mi familia por interés.

Aquella frase hizo que el ambiente se enfriara varios grados.

Leonardo apoyó ambas manos sobre el escritorio.

—Estás equivocado.

—Ojalá lo estuviera.

—Lo estás.

Alejandro guardó silencio.

Y aquel silencio dijo mucho más que cualquier discusión.

Porque era el silencio de alguien completamente convencido de tener razón.

---

Dos horas después, Camila recibió una llamada.

Y no necesitó mirar la pantalla para saber quién era.

—¿Cómo te fue?

Leonardo tardó unos segundos en responder.

—Mal.

Ella cerró los ojos.

—Lo suponía.

—Quiere vernos esta noche.

—¿A los dos?

—Sí.

—¿Para qué?

—Dice que si vamos a rechazar el matrimonio, al menos debemos hacerlo frente a él.

Camila dejó escapar un largo suspiro.

Aquello sonaba exactamente como algo que haría Alejandro.

—Perfecto.

—¿Perfecto?

—Cuanto antes termine todo esto, mejor.

Hubo unos segundos de silencio.

—No creo que vaya a terminar.

La sinceridad de Leonardo llamó su atención.

—¿Tan mal fue?

—Peor.

La respuesta consiguió ponerla nerviosa.

Porque si incluso Leonardo estaba preocupado, significaba que la situación era más seria de lo que ella imaginaba.

---

Aquella noche, por primera vez desde el anuncio, Camila y Leonardo llegaron juntos a la mansión.

Ninguno habló durante el trayecto.

El ambiente dentro del automóvil estuvo cargado de una tensión extraña.

No era hostilidad.

Tampoco comodidad.

Era algo intermedio.

Como si ambos estuvieran intentando descubrir cómo relacionarse cuando no estaban discutiendo.

Cuando entraron a la casa, el mayordomo los condujo directamente al despacho.

Alejandro ya los esperaba.

Pero no estaba solo.

Victoria también estaba allí.

Aquello no le gustó a Camila.

Ni un poco.

La expresión satisfecha en el rostro de la mujer le hizo sospechar que algo estaba ocurriendo.

Algo importante.

—Siéntense.

Los dos obedecieron.

Y durante unos segundos nadie habló.

Finalmente Alejandro tomó una carpeta que descansaba sobre el escritorio.

—Antes de escuchar su decisión, quiero mostrarles algo.

Camila intercambió una mirada con Leonardo.

Aquello no estaba en el plan

—¿Qué es eso?

Alejandro abrió la carpeta.

—La razón por la que este matrimonio no es negociable.

El corazón de Camila comenzó a acelerarse.

Porque por primera vez desde que empezó todo, parecía dispuesto a mostrar cartas.

Cartas reales.

No promesas.

No evasivas.

No secretos a medias.

Victoria permanecía completamente inmóvil.

Como alguien que ya conocía el contenido de aquella carpeta.

Y eso hizo que Camila se sintiera aún más inquieta.

Alejandro levantó la vista.

Primero miró a Leonardo.

Después a ella.

Y finalmente habló.

—Lo que voy a contarles esta noche cambiará muchas cosas.

El despacho quedó en silencio.

Y por alguna razón, Camila tuvo la sensación de que estaba a punto de escuchar algo que llevaba años oculto.

Algo relacionado con su madre.

Algo relacionado con Alejandro.

Y tal vez...

Algo relacionado con ella misma.

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