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12. Un acuerdo imposible

El silencio se prolongó durante varios segundos después de la confesión de Leonardo.

Camila seguía de pie junto a la mesa del comedor, intentando procesar todo lo que acababa de escuchar.

Hasta ese momento había pensado que aquella situación era una imposición absurda nacida de la obstinación de Alejandro.

Ahora entendía que había mucho más detrás.

Porque una cosa era que un padre insistiera en un matrimonio.

Y otra muy distinta era que estuviera dispuesto a desheredar a su único hijo si se negaba.

Aquello no era una sugerencia.

Era una amenaza.

Una muy seria.

Leonardo permanecía junto a la ventana observando la ciudad.

La luz del atardecer entraba por el cristal y dibujaba sombras sobre su rostro.

Por primera vez desde que había comenzado todo, parecía cansado.

No arrogante.

No distante.

Simplemente cansado.

Camila nunca lo había visto así.

Y por extraño que resultara, aquello la hizo sentir incómoda.

Porque era mucho más fácil enfadarse con alguien cuando parecía invencible.

—¿Desde cuándo lo sabes?

La pregunta rompió el silencio.

Leonardo tardó unos segundos en responder.

—Desde anoche.

—¿Alejandro te lo dijo?

—Después de que salieras del despacho.

Camila bajó la mirada.

Entonces había ocurrido una segunda conversación.

Una conversación de la que ella no sabía nada.

—¿Y qué más te dijo?

Leonardo soltó una pequeña risa sin humor.

—Que estaba haciendo esto por mi bien.

—Suena a algo que diría él.

—Sí.

La respuesta provocó una sonrisa involuntaria en Camila.

Una sonrisa pequeña.

Breve.

Pero suficiente para que Leonardo la notara.

Durante un instante ambos se quedaron observándose.

Y aquello resultó extrañamente incómodo.

Porque era una de las pocas veces que estaban solos.

Completamente solos.

Sin Alejandro.

Sin Victoria.

Sin Andrea.

Sin nadie observando.

Solo ellos.

Camila fue la primera en apartar la mirada.

—Sigo pensando que deberíamos negarnos.

Leonardo suspiró.

—Yo también.

—Entonces hagámoslo.

—No es tan sencillo.

—Todo el mundo sigue diciendo eso.

Ella cruzó los brazos.

—¿Existe alguna razón por la que nadie quiera explicarme nada claramente?

Leonardo la observó durante unos segundos.

Como si estuviera considerando algo.

Finalmente caminó hacia el sofá y tomó asiento.

—Mi abuelo fundó Montenegro Holdings.

Camila frunció ligeramente el ceño.

No esperaba aquella respuesta.

—Lo sé.

—Cuando murió, dejó una serie de condiciones relacionadas con la sucesión de la empresa.

—¿Qué clase de condiciones?

—Según él, un hombre incapaz de construir una familia no podía dirigir correctamente un imperio empresarial.

Camila parpadeó.

Después volvió a parpadear.

—¿Hablas en serio?

—Desearía estar bromeando.

La joven soltó una pequeña carcajada incrédula.

—Eso es ridículo.

—Completamente ridículo.

—Entonces impúgnalo.

—No puedo.

—¿Por qué?

Leonardo pasó una mano por el cabello.

Claramente aquella conversación lo irritaba.

—Porque la cláusula es legal.

—¿Y tu padre está de acuerdo con eso?

—Mi padre cree que mi abuelo era un genio.

—¿Y tú?

Leonardo sonrió por primera vez.

No fue una sonrisa grande.

Ni especialmente cálida.

Pero fue real.

—Creo que estaba loco.

Aquello hizo que Camila riera.

Y la risa salió tan espontáneamente que ambos parecieron sorprendidos.

Durante unos segundos el ambiente se relajó.

Solo un poco.

Lo suficiente para que la tensión disminuyera.

—Entonces estamos atrapados.

Leonardo volvió a ponerse serio.

—Eso parece.

Camila caminó lentamente por la habitación.

Su mente trabajaba a toda velocidad.

Siempre había sido buena resolviendo problemas.

Quizás no empresariales.

Ni financieros.

Pero sí problemas.

Y toda situación tenía una salida.

Tenía que tenerla.

—¿Qué pasa si te casas con otra persona?

Leonardo negó inmediatamente.

—Mi padre ya dejó claro que la única opción eres tú.

—¿Por qué?

La pregunta escapó de sus labios antes de que pudiera detenerla.

Y el silencio que siguió resultó extraño.

Porque Leonardo no respondió de inmediato.

Simplemente la observó.

Como si también se hubiera hecho esa pregunta.

—No lo sé.

Aquella respuesta fue sincera.

Camila pudo notarlo.

—¿Nunca te explicó por qué?

—No.

—¿Ni una sola razón?

—Solo dijo que eras la persona correcta.

La joven soltó un suspiro.

—Eso tampoco significa nada.

—Lo sé.

Nuevamente apareció el silencio.

Y esta vez ninguno parecía saber qué decir.

Finalmente Leonardo se levantó.

—Hay algo más.

Camila levantó la vista.

—¿Qué?

Él dudó.

Por primera vez desde que llegó al apartamento parecía incómodo.

Realmente incómodo.

—Mi padre quiere una respuesta antes de fin de semana.

—¿Qué?

—Lo que escuchaste.

—Eso es dentro de tres días.

—Sí.

—Está loco.

—También estoy de acuerdo con eso.

Camila comenzó a caminar de un lado a otro.

Tres días.

Solo tres días.

¿Cómo se suponía que debían tomar una decisión así en tres días?

Ni siquiera podía decidir qué cuadro presentar a una exposición en tan poco tiempo.

—No.

La respuesta salió firme.

Decidida.

—No pienso aceptar algo así.

Leonardo la observó.

—Yo tampoco.

—Perfecto.

—Perfecto.

Volvieron a quedarse en silencio.

Y entonces ambos comprendieron algo.

Estaban de acuerdo.

Por primera vez desde que comenzó toda aquella pesadilla.

No en todo.

Ni mucho menos.

Pero sí en algo importante.

Los dos querían evitar aquel matrimonio.

Y eso significaba que tenían un enemigo común.

Alejandro Montenegro.

La idea era tan absurda que casi resultaba divertida.

—¿Qué hacemos entonces?

La pregunta de Camila quedó suspendida entre ellos.

Leonardo la observó durante varios segundos.

Y por primera vez desde que ella lo conocía, pareció verla como una aliada en lugar de un problema.

—Encontrar una solución.

Camila asintió lentamente.

Sin darse cuenta de que aquella decisión los obligaría a pasar mucho más tiempo juntos del que cualquiera de los dos deseaba.

Y tampoco de que ese sería exactamente el comienzo de todos sus problemas.

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