Y a mí me daba igual.
Deseé poder mirarle a los ojos y ver cómo se desvanecía la luz.
Pasé la hoja por el centro de su pecho, haciendo que se callara, que jadeara. Sería tan fácil, me sentí tan bien, hundir el cuchillo en su vientre y tirar hacia arriba, abriéndolo para que sus intestinos cubrieran el suelo. Pero en lugar de eso,
coloqué la punta justo sobre su entrepierna y lo vi contener la respiración y quedarse inmóvil.
Una lenta sonrisa cubrió mi rostro mientras la adrenalina me recorría a