La tarde había caído sobre la ciudad, tiñendo el cielo de un tono dorado y cálido. Las luces del jardín comenzaban a encenderse en la mansión Ferrer, proyectando destellos suaves sobre los muros de piedra y los extensos rosales que bordeaban los senderos.
Andrés regresó manejando su auto en silencio, el peso de la conversación con Alejandro aún flotando en su mente. Detuvo el vehículo en el amplio estacionamiento y, al bajar, se encontró de frente con Sandra.
Ella estaba radiante.
Vestía un ves