Camila subió al auto y el chofer arrancó de inmediato. Durante todo el trayecto, su mente iba a mil por hora. Su corazón latía con fuerza y sentía un nudo en la garganta, pero se obligó a mantener la compostura.
Al llegar a la mansión, bajó del auto y respiró hondo antes de entrar. Apenas cruzó la puerta, vio a Isabel esperándola en el vestíbulo.
—Hola, Camila —dijo la mujer con suavidad—. Por tu cara veo que ya te enteraste de todo.
Camila la miró con frialdad.
—Sí. Margaret me dijo que está e