El clímax los dejó sin aliento; sus cuerpos aún temblaban por la intensidad del momento. Alejandro apoyó su frente contra la de Camila, su respiración agitada rozando sus labios.
—No quiero que salgas sin mi permiso, ¿me entiendes? —susurró con voz ronca, aún sin soltarla.
Camila lo miró con la mirada nublada, todavía atrapada en el remolino de sensaciones que él despertaba en ella.
—Está bien, Alejandro… pero si tu madre me pide que la acompañe, eso es otra cosa.
Él chasqueó la lengua, pero no