Camila cerró los ojos por un instante. Aún no recordaba todo, pero algo en su pecho le decía que ese lugar, esa gente… y ese bebé en sus brazos… eran su hogar. Y quizás, solo quizás, el amor verdadero sí era capaz de vencer el tiempo, el dolor… y el olvido.
Alejandro la miró con ternura.
—¿Estás bien? —preguntó con voz suave, mientras su mano acariciaba su brazo con delicadeza.
Camila lo miró, y una lágrima solitaria rodó por su mejilla.
—Sí… estoy bien —dijo, con voz temblorosa—. Me siento en