La mansión Ferrer rebosaba de vida y expectación. Las cortinas habían sido cambiadas esa mañana, los jarrones de cristal pulidos y un suave aroma a flores frescas invadía los pasillos. Cada rincón había sido cuidadosamente decorado. El recibidor principal lucía un imponente arreglo floral blanco y lavanda, con cintas plateadas que colgaban con elegancia.
Isabella se movía con agilidad entre los salones, revisando detalles, supervisando a las empleadas, asegurándose de que todo fuera perfecto pa