La tarde caía con lentitud sobre la gran mansión Ferrer, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y violetas. Alejandro detuvo su auto frente a la entrada principal, acompañado de su primo Andrés. Ambos bajaron en silencio, arrastrando tras ellos la pesada carga de pensamientos que los perseguían desde hacía días. El portón se cerró tras ellos con un leve chirrido metálico.
Al abrir la puerta principal, fueron recibidos por una ráfaga de perfume fresco y la voz alegre de sus padres, que conversaba