La noche había caído por completo sobre la ciudad. Las luces de la mansión Ferrer se difuminaban entre los árboles mientras el jardín se sumía en un silencio apacible. Bajo el cielo estrellado, Alejandro e Irma permanecían sentados en el banco de piedra, sin necesidad de hablar, simplemente contemplando el firmamento.
Una brisa suave mecía las hojas y traía consigo el aroma de las flores recién regadas. El silencio entre ellos no era incómodo; era más bien un espacio compartido de comprensión m