La noche seguía envolviendo la casa en un manto de calma y misterio. Afuera, el viento susurraba entre los árboles, y la luna bañaba todo con su luz plateada. Dentro de ese pequeño cuarto, Alejandro e Irma compartían un silencio que no era incómodo, sino cargado de sentimientos profundos.
Alejandro acariciaba lentamente el cabello de Irma, quien descansaba sobre su pecho, con los ojos cerrados y la respiración acompañada. Se sintió extraño, diferente. Había compartido su cuerpo antes, pero esta