Uno de sus hombres se acercó y le abrió la puerta del auto blindado que lo esperaba a unos metros. Adrien entró sin decir palabra, y el chofer arrancó el vehículo con suavidad, como si cada movimiento estuviera cuidadosamente ensayado.
En cuanto se acomodó en el asiento trasero, Adrien sacó su teléfono. Pulse el número que tenía en marcación rápida.
—¿Aló? —La voz grave de su padre respondió casi al instante.
—Papá, soy yo. —Ya voy saliendo de la casa de Camila —dijo Adrien, su tono relajado pe