El aire estaba cargado de silencio. El murmullo de los asistentes al velorio de Camila apenas se escuchaba, como si la misma muerte impusiera respeto sobre cada conversación, sobre cada gesto. Dentro de la pequeña casa, las velas parpadeaban suavemente con el viento que se colaba por las rendijas de las ventanas abiertas. El aroma de las flores frescas comenzaba a mezclarse con el incienso, creando una atmósfera casi irreal, suspendida entre el dolor y la incertidumbre.
Afuera, el cielo estaba