El auto negro se detuvo frente a la pequeña casa del barrio, un lugar humilde, de fachada blanca y paredes ligeramente desgastadas por el tiempo. Los vecinos murmuraban, pero el ambiente estaba cargado de un silencio pesado, un respeto profundo que se percibía desde lejos. Las flores en la entrada daban una falsa sensación de paz: lirios blancos, coronas con cintas negras y velas encendidas junto al portón principal de la pequeña casa.
Alejandro apagó el motor. El crujido del freno de mano fue