El murmullo suave de los asistentes al velorio comenzaba a disiparse. La brisa de la tarde soplaba suavemente, meciendo las coronas de flores que rodeaban el féretro. Algunas personas comenzaban a retirarse, dándole espacio a la intimidad de los más cercanos. La casa se sumía poco a poco en un silencio reverente, apenas roto por los sollozos ahogados de quienes aún no podían creer la tragedia.
Marta, con las manos entrelazadas sobre su regazo, permanecía sentada al fondo, inmóvil. Había visto c