Marianne caminaba por el pasillo hacia su habitación, Adrien había ordenado que volviera a su habitación de siempre, estaba por entrar a la habitación cuando la vio.
Céline.
Estaba parada ahí, como si el lugar le perteneciera, luciendo ese vestido color rojo chillón, demasiado ajustado, con ese escote que no dejaba nada a la imaginación, llevaba el cabello suelto, y tenía una copa de vino en la mano.
—Marianne —dijo, con voz dulce, y una sonrisa falsa— qué bueno que al fin puedo verte, estaba p