El hotel Grand Imperial no era solo un edificio de lujo; era una fortaleza de mármol y silencio diseñada para que el mundo exterior pareciera un rumor lejano. Al cruzar el umbral, Mikaela sintió que el aire cambiaba, volviéndose más denso, cargado con el aroma de lirios frescos y cera de madera antigua. Miki miraba con admiración las columnas de mármol y las lámparas de araña que tintineaban apenas con el aire acondicionado, proyectando una luz cálida y difusa sobre el mobiliario de terciopelo.