Mikaela salió del ascensor arrastrando los pies, sintiendo que el cerebro le pesaba más que el bolso. Lo único que quería era llegar a su apartamento, ponerse el pijama más viejo que tuviera y olvidarse de que el apellido Blackwood existía. Había sido un día eterno, de esos en los que sientes que has dado el mil por ciento y, aun así, parece que no es suficiente.Se detuvo un segundo frente a los cristales de la entrada, solo para comprobar que seguía viva.«Vaya cara, Miki», pensó, viéndose las ojeras en el reflejo.—¡Miki! ¡Miki, no me ignores!Se giró con un suspiro. Eugene venía hacia ella con cara de tragedia griega.—Dime que no es nada del trabajo —rogó ella, haciendo un mohín. —Perdóname. Grace, la asistente del jefe me ha dado instrucciones para dejar esto en el depósito B, pero este sitio es un laberinto y no encuentro la entrada —dijo Eugene, nervioso—. Dice que si se queda fuera, el cambio de temperatura arruinará las muestras. Ayúdame, por favor.Mikaela dejo caer sus ho
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