El sol de la mañana se filtraba tímidamente por las cortinas de algodón, dibujando franjas de luz sobre la cama. Mikaela Han se despertó no por la alarma, sino por el cosquilleo de unos dedos que recorrían suavemente su espalda. Se dio la vuelta con una sonrisa perezosa, encontrándose con los ojos avellana de su prometido Daryl Rhodes, que ya la observaba con esa mezcla de adoración y travesura que solo él poseía.Daryl no era el típico abogado de traje rígido y expresión severa que uno imaginaría. Incluso recién despertado, tenía un aire casual y relajado que a Mikaela le fascinaba. Su cabello castaño estaba revuelto, y esa barba de un par de días le daba un aspecto varonil, casi rudo, que contrastaba con la dulzura con la que la trataba.—Cinco minutos más, futura magnate de la publicidad —susurró su prometido, acercándose para besarle la punta de la nariz.—No tientes a la suerte, cariño —rio ella, aunque se acurrucó más contra su pecho—. Es mi primer día. Si llego tarde, mi car
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