El tintineo lejano de las copas de cristal y las risas amortiguadas del salón principal llegaban hasta el pasillo privado como un eco de otra realidad; una que a Mikaela le parecía borrosa, casi ajena, como si estuviera observando su propia vida a través de un vidrio empañado.
El rastro dulce de los cócteles de la celebración aún le daba vueltas en la cabeza, entibiando su sangre y adormeciendo, de manera peligrosa, sus alarmas naturales. El alcohol no la había emborrachado, pero había creado u