El restaurante al que Roman los condujo era un lugar diseñado para la discreción y los negocios de alto nivel. La iluminación era tenue, las mesas estaban lo suficientemente separadas para que ninguna conversación fuera escuchada, y el aire olía a madera noble y vino añejo. Mikaela caminaba un paso detrás de Roman, sintiendo que sus piernas pesaban una tonelada. El hambre que había sentido horas atrás se había transformado en un nudo de agotamiento.
Se sentaron en una mesa redonda al fondo del