Una mañana, Kilian bajó las escaleras con el ceño fruncido, abotonándose la camisa con torpeza. La maleta sobre el recibidor lo detuvo en seco. Al fondo, escuchó a Yvania cantar algo mientras guardaba su peluche favorito en la mochila. Elian, ya peinado y con su abrigo puesto, organizaba los libros como si se preparara para un viaje largo.
Una punzada cruzó el pecho de Kilian. ¿Se iban? ¿Ella se iba?
—¿Van a algún lado? —preguntó, más brusco de lo que planeaba.
Céline apareció desde el pa