Habían pasado dos meses desde que se mudaron a la nueva casa. La rutina era estable, casi mágica. Los niños estaban más tranquilos, la escuela ya no era un campo de batalla emocional y Céline volvía a amar los domingos por la mañana. Matthias cocinaba panqueques, Yvania cantaba, Elian se concentraba en su nuevo telescopio. Todo parecía en paz.
Pero en los últimos días, algo en Matthias la inquietaba. Estaba más ausente, atendía llamadas en voz baja y, a veces, parecía estar lejos incluso cuan