Sentada en el avión de regreso al centro de la manada, apoyé la frente contra la ventanilla, buscando en el frío del cristal un poco de calma.
Los recuerdos de estos cinco años se repetían una y otra vez, como una pesadilla sin fin.
Mi loba no dijo ni una palabra, ni un aullido, nada.
Sabía que su corazón estaba tan destrozado como el mío.
Tragué hondo, con un nudo en la garganta, y me susurré:
—¿Cómo terminé aquí, después de todo?
Recordé esas noches en que el vínculo me quemaba por dentro y el