Diego había perdido mucho peso, y su rostro, que siempre había sido serio, ahora se veía aún más distante, casi imposible de leer.
Cuando nuestros ojos se encontraron, él apagó el cigarro al instante.
La fiesta estaba llena de gente, pero él caminaba directo hacia mí, sin dudar, con paso firme.
—Fiona, me arrepiento —dijo, su voz rasposa y una fragilidad que ni él mismo parecía notar.
Lo miré, confundida por su cara pálida.
Había cambiado, o tal vez no tanto. Seguía siendo ese Alfa imponente, co