De camino a casa, mi auto se descompuso a mitad del trayecto.
Justo cuando sacaba el celular para llamar a la asistencia, un jeep negro y enorme se detuvo frente a mí.
De él bajó un hombre alto, atractivo, con una presencia que imponía.
Tenía los ojos de un marrón claro, como los de un halcón: afilados, pero serenos.
Con voz serena me preguntó:
—¿Necesitas ayuda?
Di un paso atrás, con cautela.
—Ya pedí asistencia.
Él asintió sin decir nada, se acercó al auto y levantó el capó.
Le echó una mirada