Tenía ocho años.
Y Dylan ya era un torbellino con piernas.
Corría por las calles del barrio con una capa hecha de cortina vieja, gritando que era un superhéroe llamado “El Destructor de Tareas”, mientras Julián lo seguía con una libreta en la mano, anotando los nombres de los “villanos” que debían ser vencidos: la señora que regañaba por jugar fútbol cerca de sus plantas, el perro del vecino que robaba pelotas, y el maestro de matemáticas que “no entendía el arte de la distracción”.
Vivían en