Crecer en Alaska, el lugar más frío del planeta, no fue sencillo. Aquel pueblo blanco, donde el aliento se convierte en escarcha en cuestión de segundos y la piel se quiebra si no la proteges bien, forjó cada fibra de mi carácter y el de mis hermanos. Pavel, Alexei, Roman, Sergei y yo aprendimos desde pequeños a soportar el dolor, a sobrevivir al silencio cruel de un invierno eterno, a convivir con la muerte como una sombra silenciosa que rondaba las esquinas de nuestra aldea cada vez que algui