Casi nunca había gritos cuando me tocaba trabajar con Pavel. Él era precisión: enfocado, disciplinado, capaz de desmantelar la esencia misma de cualquiera que cayera en una de las salas de interrogación. Su método resultaba perturbador, un contraste inquietante: impecable en la superficie, pero devastador en lo más profundo. No necesitaba alzar la voz ni recurrir a excesos; bastaba con su mirada calculada y la calma gélida de sus habilidades sobrehumanas para quebrar al más fuerte.
Yo, en cambi