Las pesadas puertas dobles de caoba se cerraron, dejando fuera el estruendo de la ciudad de Nueva York. Nikolai lanzó su abrigo largo sobre una silla de cuero y caminó hacia el bar privado situado en la esquina de su amplia oficina con vistas a Central Park.
Sirvió dos vasos de whisky y le entregó uno a Anna, que permanecía de pie junto al ventanal que iba del suelo al techo, contemplando las luces de Manhattan con una expresión indescifrable.
—Nueva York se ve diferente desde aquí arriba, ¿