Aquella noche, San Petersburgo parecía contener el aliento. La ventisca que rugía fuera de los muros de la Mansión Volkov creaba una cortina blanca perfecta para ocultar el movimiento de las sombras. Dentro de su habitación, Anna se movía con la eficiencia de un depredador. No llevaba maleta; solo una pequeña mochila con el pasaporte falso que había escondido tras la rejilla de ventilación durante tres días, un poco de dinero en efectivo y una botella de agua.
—Leo, ponte las botas. No hagas